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Biocombustibles: Recuperar el ciclo virtuoso de crecimiento productivo.

Biocombustibles

Este año se cumplen 10 años de la Ley 20.093 que impulsó la producción de biocombustibles ubicando en poco tiempo a la Argentina como uno de los principales jugadores mundiales. Políticas de restricciones internas al sector aplicadas durante los últimos años frenaron el impulso inicial que ahora comienza a revertirse.

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De todos los recursos energéticos renovables y alternativos a los derivados del petróleo, los biocombustibles son, sin dudas, los de mayor desarrollo y potencial local. Se los define como aquellos combustibles líquidos generados de manera renovable a partir de restos orgánicos y operan como sustitutos o alternativos de los de origen fósil como son el petróleo, el gas y el carbón.

Pueden ser obtenidos tanto a partir del procesamiento de desechos orgánicos naturales (o biomasa) como de aquellos residuos que resultan de la actividad industrial (residuos biodegradables) o urbana. Los de biomasa pueden dividirse, a su vez, en dos grandes grupos: los biocarburantes y los biolíquidos. En tanto los primeros son combustibles líquidos útiles para el transporte1, los segundos son utilizados principalmente en la generación de energía eléctrica y la producción de frío o calor. Dentro del grupo de los biocarburantes pueden destacarse, entre otros biocombustibless, el bioetanol y el biodiesel que, además de ser dos de los principales combustibles renovables de origen natural producidos a nivel global (según la Asociación Mundial de Bioenergía, en 2013/2014 significaron alrededor del 87% de la oferta mundial de biocombustibles), representan una importante porción de la oferta nacional de combustibles alternativos.

El bioetanol es un etanol producido a partir de biomasa o de la fracción biodegradable de los residuos. Representa alrededor del 85% de la oferta global de biocarburantes. En Argentina, los principales insumos para su producción han sido la caña de azúcar y el maíz3. Entre las principales ventajas del bioetanol pueden destacarse su potencial para oxigenar y aumentar el octanaje de la nafta reduciendo al mismo tiempo los gases contaminantes, la reducción que genera en el uso de plomo y otros aditivos nocivos y sus propiedades anticongelantes.

El biodiesel, por otro lado, es un éster metílico producido a partir de aceites vegetales (de soja, maíz y girasol, entre otros) y/o grasas animales (bovina, porcina y de aves) y, como el bioetanol, es utilizado como biocarburante, principalmente como sustituto del gasoil en motores diésel. El biodiesel se destaca por poseer mayor lubricidad que el gasoil, es más seguro de almacenar y transportar, se degrada más rápidamente y no contiene azufre, reduciendo así la emisión de gases contaminantes. Durante el período de expansión de este sector en nuestro país (2007-2012), Argentina ocupó el 4to lugar entre los principales productores de biodiesel a nivel global (hasta ese entonces la Unión Europea, EE.UU, Brasil y Argentina concentraban más del 85% de la oferta).

No obstante, en los últimos años el ranking de Argentina entre los principales productores y exportadores de biodiesel sufrió algunas caídas y recuperaciones que la terminaron ubicando en la primera posición en 2014,desplazando incluso a EE.UU.. Como en la mayor parte de los países que producen este combustible, la materia prima utilizada es el aceite de soja, por lo que el país cuenta con una importante ventaja comparativa al ser el principal exportador de este derivado.

Desde una perspectiva histórica, la producción de biocombustibles puede explicarse tanto desde su oferta como de su demanda. Entre los factores correspondientes a la primera (oferta), se destacan, por un lado, las políticas y reformas regulatorias implementadas desde los ‘70 (principalmente por gobiernos como los de EE.UU., Brasil, Canadá, la Unión Europea, China, India y la Argentina, entre otros) que buscaron promover la producción de estos combustibles como sustitutos a los fósiles; y, por el otro, los costos en los que debe incurrirse para generarlos.

En lo relacionado a este último factor, puede decirse que ha sido uno de los principales escollos que desde entonces afronta la inversión y generación de biocombustibles ya que, en primer lugar, suelen ser mayores a los asociados a la producción de petróleo, gas y carbón y, en segundo lugar, el costo de aprovisionamiento de la materia prima utilizada comúnmente representa entre un 50% y un 80% del costo variable de producción, principalmente por el trade-off o costo de oportunidad que poseen determinados insumos como la soja o el maíz que, además de ser ingredientes básicos para su producción (al menos en el caso argentino), tienen otros usos de igual importancia que disparan sus costos al generar competencia en su demanda.

Por esta razón, en la actualidad, si bien se espera que en el futuro cercano adopte una tendencia alcista, la participación de estos combustibles en la oferta mundial de energía no supera el 1% (la oferta de renovables, por otro lado, que incluye a los biocombustibles y a la energía nuclear o hidroeléctrica -por dar solo algunos ejemplos-, posee una porción significativamente mayor y de alrededor del 14%). Entre los factores que afectaron la demanda de biocombustibles, sobresalen los precios del carbón, el petróleo y el gas (que actúan como sustitutos de éstos y de la energía renovable en general), el precio de las materias primas utilizadas como insumos para producirlos (por ejemplo, los precios de la soja, el maíz y la caña de azúcar en el caso argentino) y las políticas orientadas a la adopción permanente de combustibles alternativos en detrimento de los fósiles.

En este sentido, puede decirse que, a pesar de que las políticas públicas que vienen implementándose hace algunas décadas pudieron estar bien encauzadas hacia el uso creciente de los biocombustibles, el ciclo de variaciones en los precios de los commodities agrícolas y energéticos de la última década ha atentado contra ese objetivo, no solo a nivel local sino global.

En efecto, el ciclo de incrementos sostenidos en los precios de los principales commodities transados internacionalmente a lo largo de la década 2003-2013 favoreció la producción y exportación de bienes agrícolas como la soja y sus derivados (aceite y harina, principalmente), pero encareció por demás la producción de biodiesel (que utiliza la soja como materia prima), no solo por el mayor precio del insumo sino por el recargo adicional derivado de la competencia por su demanda en un contexto pro exportador. A ello debe sumarse el hecho de que, durante igual período, comenzó a declinar la producción local de petróleo y gas (algo que, no obstante, venía dándose desde 1998), lo que derivaría en una importante crisis en el balance energético nacional, y que buscó morigerarse, entre otras medidas, con políticas de fomento a la producción de combustibles alternativos (principalmente renovables).

No obstante, y si bien la producción de estos combustibles experimentó un importante auge en el período 2007-2012, las restricciones impuestas por el estado para favorecer el consumo doméstico sumado a los costos elevados para producirlos terminó por dilapidar el crecimiento en un área que resulta crucial para el logro de un desarrollo sostenible y respetuoso del medio ambiente (environment-friendly).

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